Recostado en el sillón de felpa, drogado. Sobre el buró, un viejo maniquí, trae puesta la peluca azul, parece que respira. Sofía me ha colgado el teléfono, me reafirma la soledad, que incrementa. Y sólo me queda la terrible idea de lanzarme por la ventana. Desaparecer, que suceda lo que no veré, el crujido de mis huesos chocando rotundamente contra el concreto. Fundirme en la atmósfera del no pensamiento, con la figura destrozada, desescrita, como los restos de una letra que ha perdido su sentido. Y allí desde la nada tendrán que aprender a interpretar el silencio, cosa que de antemano, sé que no harán.
Roberto quedó paralizado en ese ambiente alucinógeno ante su creación literaria. Le dio por remover las docenas de folios que contenían las ideas básicas de su novela. Se dispueso, torpemente, a recordarse a sí mismo solo, como Oliveira, hasta el punto de fundirse con en el absurdo más tajante de tirarse por la ventana.
Sonó el teléfono, pasaron unos minutos y ella le colgó. No aguantaba que le disgustara la idea de salir con sus amigas. Le dijo que se quedaría en casa, leyendo; no obstante entre líneas quedó dicho que la esperaba para el momento preciso en que un abrazo le resolvería toda duda.
Sofía, enfundada en sus finas vestimentas, bajó por las escaleras del edificio con Rebecca, de quien no podría prescindir el placer de calentar sus pezones con la tibia y húmeda lengua. Entre risas vulgares y ligeros cortejos, se tocaban lascivamente los cuerpos por el oscuro callejón, en busca de Julieta, testigo y cómplice de sus dulces deseos.
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)
No hay comentarios.:
Publicar un comentario