-Diario de un gliglicómano.
lunes, octubre 29, 2007
Descripción de la primera amaloquía
Apenas le suiño el ojo con gilga, le es imposible resistir el moviroso de sus clísces, y me responde con un clatémico rose que hierve los influndadores que dentro de poco la atenpenetrarán para hacerla rugiblicar hasta que el sol y mis flamélicos mostinyones la dejen lo suficientemente exhausta como para resuscitarlo todo nuevamente en otros lados, que reflejarán la amaloquía que nos pertinesta.
jueves, octubre 25, 2007
Y si la fantasía es parte de la realidad puede que aquella sea parte de esta, anda tú a saber cuál es la que es y la que no y si es que no es lo mismo
No creas que el teléfono va a darte los números que buscas.
Julio Cortázar
Julio Cortázar
Ring, ring. Ring, ring.
-¿Aló?
-¿Paulo Saldivar?
-Sí, ¿quién es?
-Soy la mujer con quien te vas a casar.
El lado visible de la duplicidad (historia yacente del otro lado)
Sofía, enfundada en sus finas vestimentas, bajó por las escaleras del edificio con Rebecca, de quien no podría prescindir el placer de calentar sus pezones con la tibia y húmeda lengua. Entre risas vulgares y ligeros cortejos, se tocaban lascivamente los cuerpos por el oscuro callejón, en busca de Julieta, testigo y cómplice de sus dulces deseos.
Roberto quedó paralizado en ese ambiente alucinójeno ante su creación literaria. Le dio por remover las docenas de folios que contenían las ideas básicas de su novela. Se dispueso, torpemente, a recordarse a sí mismo solo, como Oliveira, hasta el punto de fundirse con en el absurdo más tajante de tirarse por la ventana.
Sonó el teléfono, pasaron unos minutos y ella le colgó. No aguantaba que le disgustara la idea de salir con sus amigas. Le dijo que se quedaría en casa, leyendo; no obstante entre líneas quedó dicho que la esperaba para el momento preciso en que un abrazo le resolvería toda duda.
Recostado en el sillón de felpa, drogado. Sobre el buró, un viejo maniquí, trae puesta la peluca azul, parece que respira. Sofía me ha colgado el teléfono, me reafirma la soledad, que incrementa. Y sólo me queda la terrible idea de lanzarme por la ventana. Desaparecer, que suceda lo que no veré, el crujido de mis huesos chocando rotundamente contra el concreto. Fundirme en la atmósfera del no pensamiento, con la figura destrozada, desescrita, como los restos de una letra que ha perdido su sentido. Y allí desde la nada tendrán que aprender a interpretar el silencio, cosa que de antemano, sé que no harán.
Roberto quedó paralizado en ese ambiente alucinójeno ante su creación literaria. Le dio por remover las docenas de folios que contenían las ideas básicas de su novela. Se dispueso, torpemente, a recordarse a sí mismo solo, como Oliveira, hasta el punto de fundirse con en el absurdo más tajante de tirarse por la ventana.
Sonó el teléfono, pasaron unos minutos y ella le colgó. No aguantaba que le disgustara la idea de salir con sus amigas. Le dijo que se quedaría en casa, leyendo; no obstante entre líneas quedó dicho que la esperaba para el momento preciso en que un abrazo le resolvería toda duda.
Recostado en el sillón de felpa, drogado. Sobre el buró, un viejo maniquí, trae puesta la peluca azul, parece que respira. Sofía me ha colgado el teléfono, me reafirma la soledad, que incrementa. Y sólo me queda la terrible idea de lanzarme por la ventana. Desaparecer, que suceda lo que no veré, el crujido de mis huesos chocando rotundamente contra el concreto. Fundirme en la atmósfera del no pensamiento, con la figura destrozada, desescrita, como los restos de una letra que ha perdido su sentido. Y allí desde la nada tendrán que aprender a interpretar el silencio, cosa que de antemano, sé que no harán.
La duplicidad del lado invisible (historia adyecente de este lado)
Recostado en el sillón de felpa, drogado. Sobre el buró, un viejo maniquí, trae puesta la peluca azul, parece que respira. Sofía me ha colgado el teléfono, me reafirma la soledad, que incrementa. Y sólo me queda la terrible idea de lanzarme por la ventana. Desaparecer, que suceda lo que no veré, el crujido de mis huesos chocando rotundamente contra el concreto. Fundirme en la atmósfera del no pensamiento, con la figura destrozada, desescrita, como los restos de una letra que ha perdido su sentido. Y allí desde la nada tendrán que aprender a interpretar el silencio, cosa que de antemano, sé que no harán.
Roberto quedó paralizado en ese ambiente alucinógeno ante su creación literaria. Le dio por remover las docenas de folios que contenían las ideas básicas de su novela. Se dispueso, torpemente, a recordarse a sí mismo solo, como Oliveira, hasta el punto de fundirse con en el absurdo más tajante de tirarse por la ventana.
Sonó el teléfono, pasaron unos minutos y ella le colgó. No aguantaba que le disgustara la idea de salir con sus amigas. Le dijo que se quedaría en casa, leyendo; no obstante entre líneas quedó dicho que la esperaba para el momento preciso en que un abrazo le resolvería toda duda.
Sofía, enfundada en sus finas vestimentas, bajó por las escaleras del edificio con Rebecca, de quien no podría prescindir el placer de calentar sus pezones con la tibia y húmeda lengua. Entre risas vulgares y ligeros cortejos, se tocaban lascivamente los cuerpos por el oscuro callejón, en busca de Julieta, testigo y cómplice de sus dulces deseos.
Roberto quedó paralizado en ese ambiente alucinógeno ante su creación literaria. Le dio por remover las docenas de folios que contenían las ideas básicas de su novela. Se dispueso, torpemente, a recordarse a sí mismo solo, como Oliveira, hasta el punto de fundirse con en el absurdo más tajante de tirarse por la ventana.
Sonó el teléfono, pasaron unos minutos y ella le colgó. No aguantaba que le disgustara la idea de salir con sus amigas. Le dijo que se quedaría en casa, leyendo; no obstante entre líneas quedó dicho que la esperaba para el momento preciso en que un abrazo le resolvería toda duda.
Sofía, enfundada en sus finas vestimentas, bajó por las escaleras del edificio con Rebecca, de quien no podría prescindir el placer de calentar sus pezones con la tibia y húmeda lengua. Entre risas vulgares y ligeros cortejos, se tocaban lascivamente los cuerpos por el oscuro callejón, en busca de Julieta, testigo y cómplice de sus dulces deseos.
Adorno
-Me gusta ese adorno.
-Qué extraño que hayas utilizado esa palabra, adorno.
-¿Por qué?
-Dos razones: una, no es un adorno, sino una obra de arte; dos, hay un filósofo que se llamó Theodor W. Adorno.
-¿Y eso qué?
-Bueno, pues cuando dijiste “adorno”, no pude evitar recordar lo que pensaba él sobre el arte. Para él, el arte es una especie de razón, imagínate, decía que cada obra de arte es coherente en sí, porque cada una de ellas, es el resultado de una construcción racional. Cada obra es autónoma, en sí misma está cimentada. ¿Paradójico, no?
-Estúpido, sí. Paradójico, no.
-Puede ser, aunque si tu propia estupidez es la que te enseñó a distinguir lo que es de lo que no, dudo mucho que lo sea.
-¿Qué?
-A eso me refería.
-Qué extraño que hayas utilizado esa palabra, adorno.
-¿Por qué?
-Dos razones: una, no es un adorno, sino una obra de arte; dos, hay un filósofo que se llamó Theodor W. Adorno.
-¿Y eso qué?
-Bueno, pues cuando dijiste “adorno”, no pude evitar recordar lo que pensaba él sobre el arte. Para él, el arte es una especie de razón, imagínate, decía que cada obra de arte es coherente en sí, porque cada una de ellas, es el resultado de una construcción racional. Cada obra es autónoma, en sí misma está cimentada. ¿Paradójico, no?
-Estúpido, sí. Paradójico, no.
-Puede ser, aunque si tu propia estupidez es la que te enseñó a distinguir lo que es de lo que no, dudo mucho que lo sea.
-¿Qué?
-A eso me refería.
viernes, octubre 19, 2007
Intuición estética entre intuiciones estéticas número indescifrable
Era una de esas tardes comunes en las que te encuentras pedazos de la traducción del sonido de una trompeta por la calle, dulzura transfigurada, entre otros disfraces que se disfrazan a sí mismos. Surgió la nota que era varias notas a la vez, su agudez variaba y la reacción normal del cuerpo es sacar la roncha, apenas te pica la nota ya sientes la comezón y si te has comido las uñas pronto deseas no haberlo hecho. Pero la roncha, parte milimétrica de la trompeta, del violín, de las notas que ni son notas y sus cualidades violan con la precisa violencia que los oídos requieren la parte más tú de mí. El espacio de tiempo que requiere sólo de tiempo y no de espacio, aquello que se halla en otro lado, metaalcanzable: separá las palabras y vaya contradicción. Todo se perdió cuando di el siguiente paso, olvidé lo que pensé en el instante y la trompeta y el piano y todo mero disfraz del pensamiento verdadero, camuflaje de un sentimiento que esconde a su vez razones más pequeñas y que todavía no tienen nombre.
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