Sus estampleidosos pasos no sólo movilovían sus preciosos y destertubiertos penpelios, sino que ya dentro de mí la amaloquía comenzaba su impaclante revolumiento. Descubierto a sus ojos, le fue fácil leiquetitarse de que el rose de sus antelosusos con los míos era suficiente para repalestar el preciso cunto que la gipersemía. Tumbé el libro para dejar rocarisar la punta de mis dedos por el cielible camino que levantaba las calozoritijas, y me las acercó sin titubear; todo tan natural: la humedad, la novela, nuestros penpelios, la metaleiquitación. Final y nuevamente la humedad con sus desflictivos otros lados.
-Continuación del diario