jueves, mayo 03, 2007

Recuento de sueños

Si se intenta hacer un recuento de cuántas veces se ha despertado en la vida, inmediatamente se llegará a la conclusión de que sería una tarea ardua, que sería interesante saberlo; pero luego de una corta reflexión, se entenderá que no merece la atención ni la energía tan valiosa del cuerpo intentar obtener dicha información.

Para en lo que a mí respecta, puedo decir, partiendo del hecho de que no sé cuántas veces durante la vida –si es que es en realidad vida- he salido de algún estado letárgico, que cada vez que despierto es como si volviese a nacer. Lo prueba el hecho de que al despertar pierdo gran parte de la memoria de cuanto ha pasado en mis sueños –y quizá cuando no había nacido, soñaba-. Es decir, que mientras no se está en la vigilia, lo más seguro –no fundado lógicamente- es que estemos soñando. Pero a veces recuerdo algunas cosas; y ellas me dicen que estoy en tal o cual día, que me llamo Oscar o Borges, o a veces que no tengo un nombre.

En algunos sueños se me presentan objetos o acciones que me hacen recordar sin esfuerzo sueños anteriores, por ello siento que los objetos –cualesquiera que sean- son verdadera y solamente un objeto: un espejo. Surgen muchos problemas al verme reflejado, porque precisamente si hay un solo objeto y ese objeto sólo refleja, entonces se llega fácilmente a la conclusión de que yo soy objeto también. Sin embargo, esto no es cierto, porque desde nuestro “ser objeto”, también “somos sujeto”. Que ello quede claro. Si ello no queda claro, el lector quedará propenso a estar perdido en un laberinto de espejos y le será imposible salir, a menos claro que se esfuerze un poco y comprenda eso que se llama subjetividad. Aunque parece muy claro el asunto hasta ahora, no se debe olvidar que lo que se ha explicado ha sido gracias a lo que la memoria me ha permitido recordar, es decir, lo que el sueño me ha permitido pensar(sólo pido cautela a no confiar de más en lo que puede ser canción). Por experiencia propia se sabrá que es imposible controlar lo que se hace en un sueño, incluso cuando se halla uno dentro de lo que llaman un sueño lúcido. Esa lucidez me suena a falsedad, precisamente porque se está en un sueño, y el sueño mismo puede hacernos soñar que estamos conscientes en lo que ordinariamente se cree una imposibilidad estarlo –he aquí la prueba de la existencia de otro sentido más, además de los cinco conocidos-.

En este estado letárgico en específico, la cosmogonía que me ha sido dada(quizá reflejada) permite que describa lo que pienso a través de significantes, es decir, palabras; pero mañana –o ayer-, cuando despierte nuevamente, me dice la misma visión del cosmos que todo será distinto. Que llevaré otro nombre y distintos conocimientos, este escrito me será olvidado y completamente incomprensible. Seré lo que he sido y lo que he sido seré, infinitamente y en todo momento de todo lugar. Entiéndase que no se puede entender cómo ha sido que la circunferencia que no está en ninguna parte y tiene su centro en todos lados me ha tomado preso, y mi sentencia es ser sacudido a una velocidad inimaginable. Tan inimaginable que está siempre la ilusión de que permanezco inmóvil. ¡Mentira infinita!

El fuego siempre me tranquiliza. Enciendo una vela y su llama, tanquila, de alguna manera me ayuda a olvidar que estoy siendo agitado. Me gusta pensar que al cerrar los ojos el fuego se queda detrás de mis párpados y no allí, en la vela. Entonces cuando los abro de nuevo sale la lumbre de mis ojos y encienden la oscuridad. Las más de las veces no sé si esa oscuridad es el comienzo o el fin de otro sueño; pero es fácil saberlo, tan sólo basta recordar lo que se recuerda y saber que no se ha perdido la memoria –así de fácil parece; pero desde aquí es absurdo rezarle a la memoria para que no nos olvide-.

Si la memoria me llegase a olvidar, ¿qué sería de mí? Dejaría de ser lo que soy; pero que sin embargo, volveré a ser y seré siempre. ¡Terrible! Y si en algún otro sueño le rezo es porque he olvidado el absurdo que es hacerlo. ¡Terrible!

El fuego que contengo detrás de mis párpados jamás se apacigua, aunque es lógico pensar que lo olvido, el lector sabrá que la lógica no tiene mucho valor en sueños. Así que mientras soy pez, piedra o ave, el fuego arde. Arde y no quema; no obstante, si alguna vez ha quemado, no sabría confirmarlo porque no me ha sido dado en esta cosmogonía el recuerdo para al menos dudarlo.

He escuchado en sueños que cuando se sabe que se sueña significa que está próximo el despertar. Yo me digo a mí mismo que sueño con esperanzas de que al despertar en otro sueño, sea capaz de recordar el anterior; sin embargo, ahora mismo no recuerdo ningún otro sueño, es decir, ningún otra vida.

Le he dicho a Ulrica, la amiga de Borges, que a veces deseo permanecer en el mismo sueño para siempre. Ella siempre contesta lo mismo: “siempre” es una palabra que a los hombres no les está permitido utilizar.

Ella me recuerda lo tramposo y poco original que soy; pero a la vez me consuela pensar que esto es sólo un sueño, un sueño en el que soy tramposo. Y ahora mismo ser tramposo es la última de mis preocupaciones. ¿Qué sería de mí si acaso el ser que me está soñando aparece frente a mí y mientras le explico mi situación se da cuenta de que sueña y se despierta? Seguro, como le dijeron a Alicia, me extingiría como la llama de una vela. Eso es lo que verdaderamente temo: que lo aparentemente cíclico e infinito no lo sea. Allí ya no abría esperanza de llegar a un estado de consciencia total, a una forma de Aleph sobre Aleph sobre Aleph sobre...

Les recuerdo que estos temores están simplemente fundados bajo la visión del cosmos que me ha sido dada recordar. Mis pensamientos, lo que he escuchado y demás tienen una propensión a ser ilusión, espejo, mentira. Y así de fácil se transforma en falsa toda una cosmogonía: como ésta y todas las demás. Pero no olvidemos las verdades falsas y las mentiras verdaderas. No olvidemos. No olvidemos...

O.

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