Ordinariamente me tiene sin cuidado la cantidad de atención que el lector ocupa mientras lee lo que escribo(las más de las veces mi intención jamás pasa del otro lado); no obstante, me gustaría humildemente pedir de favor a quien esté pasando sus ojos por estas líneas que las evite si no sabe pensar e intuir: perderá su tiempo. Estos precipicios infinitos sólo son para quienes son capaces de escaparse de la realidad. Y... silencio.
“El paisaje visible está ocultando otros paisajes invisibles.” Ortega y Gasset
Siendo/estando/flotando solitariamente sobre/bajo un espacio-tiempo oscuro/invisible/infinito, la máscara de oro está encerrada dentro de una esfera(ésta refleja la máscara infinitamente en todos sus ángulos) que cambia de forma de acuerdo a la volutad de cada individuo que así lo desée. Puede ser vista/intuida/imaginada/atavezada por quien lo haga y sólo fuera de ese espacio-tiempo oscuro/invisible/infinito: principalmente porque el ojo no ve en la oscuridad, ni ve lo invisible y tampoco es capaz de aprehender lo infinito. La máscara tiene una boca, pero es muda; y sin embargo, su silencio lo dice todo. Todo.
Lo que encuentres al intuirla no lo encontrarás mañana. Ni pasado, lo que ayer. Ayer ya no es, y no será hoy. Nunca jamás. Podés usarla y mirar a través de ella.
Yo vi una escena que me rompió; pero no duró: ahora no es ni polvo. Era un anciano sentado en una silla de ruedas, acompañado por su esposa, hijo y nieta en un hospital. Él, con Parkingson, decía algo quizá sin sentido. Sus acompañantes ya no lo tomaban en cuenta, miraban ensimismados la televisión. Su familiar había sido sustituido por un entretenimiento nimio y frío en su totalidad. Antes de que la escena cambiara, escuché decir al viejo: “Lástima que no puedo besar mis propios labios.”
-¿Qué ves aquí? –dijo con seguridad el psicoanalista.
-¿En la mancha? –contesté.
-Sí, en la mancha y sólo en la mancha. –arrogante.
-A don Quijote. –sonreí.
-¿Quién inventó el foco? –me preguntó mientras contaba el tiempo con su reloj, y me sorprendía que no se derretía.
-Doctor, al contar el tiempo de mi respuesta está obligándome a elegir la más breve y objetiva respuesta. Tengo más de una respuesta a esa pregunta, podría decir que primero se le termina la vida a su reloj antes de que termine de narrarle la primera. Quizá busca que yo, como un loro, repita lo que todos a esa pregunta contestan con furiosa avidez, queriéndo soprenderlo. Y así quiere usted que continúe con el análisis... ¡qué barbaridad! Me siento el objeto de estudio de una hormiga y no de una deidad.
Y la escena cambió. Un hombre utilizaba su aliento para decirle a una mujer: La prueba de que te amo está en cuánto creo odiarte. Si te dijera que te amo sólo estaría encubriendo la dicotomía y ambivalencia de mis sentimientos. Entre más te odio conscientemente, más te amo inconscientemente y viceversa.
Luché en vano para quitarme la máscara. Intenté escapar, también en vano. Me resigné y fue la única solución. Me resigné y supe que siempre había tenido la máscara puesta. Era imposible deshacerme de ella, el ponérmela fue sólo un acto que nunca ocurrió: ella me lo dijo todo. Todo.
Seguí andando: por un rumbo que no conozco pero que me espera en su interminable final. El hambre del hombre es eso: hambre de hombre. No, la máscara no es el enano que decide quién aparecerá en los sueños durante la noche. Tampoco es el hermano del enano que decide qué aparecerá en los sueños durante la noche. La organización imposible del universo: tampoco. Y entonces la máscara cambio de forma, tamaño, color y supe sin saber que ya no tenía ninguna de esas características.
O.
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