martes, marzo 27, 2007

Travesuras II


En un momento de inspiración de orden cósmica en la que me hallo delirando de felicidad y cansado de la risa a causa de la mera acción de pensar, sucede que suena el teléfono y me tiro un pedo -signo de que estoy perdiendo la vida- esperando que el olor se inmiscuya por los poros del micrófono y sean transfigurados de alguna manera fantaelectrónica y enviado por esa vía hasta llegar al otro lado, donde un insípido animal espera mi bienaventurada y feliz contestación. Intento ignorar con todos mis poderes sobrehumanos el sonido agraviante que intermitentemente enerva mis nervios, pero me doy por vencido y termino manchando mis calzones, el sillón y la alfombra de caca -prueba de que se me han ido ya muchos años de vida-. Me doy cuenta de que el olor, al contrario de mi creencia común, es espléndido. Nunca había olido algo que me haya hecho sentir tan bien en la vida, ese néctar espeso y delicado que se rompe con el mínimo movimiento es verdaderamente más dulce que la miel. Inhalo hasta desmayarme del éxtasis y sueño que una multitud me mira cubierto de heces mientras felizmente camino por la banqueta de una ciudad y corre asustada; pero viene una luz y entiendo que es Dios, entiendo que me entiende. Comprendo mi divinidad, pruebo la miel que me viste, la beso. Despierto, recuerdo el teléfono, lo lleno de caca, lo desconecto y lo cuelgo en la puerta de mi casa. Entiendo que es el hijo de Dios crucificado. Entiendo que yo soy Dios y que el agraviante teléfono un hijo que no quiero, y la caca, su hermana, a quien adoro con todo mi corazón. Salgo a la calle desnudo y grito: "¡Gracias, amigo Dalí! ¡Olé!"
O.

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