
En varios lugares de algunas mentes, de cuyos nombres nadie puede acordarse, no ha mucho tiempo que un viejo bibliotecario ocultó un libro metafísico muy importante. No existe traducción, sólo es posible apuntar débilmente con el dedo índice una que otra idea y decir: "Allí está." Mientras caminaba entre los altísimos pastillos que no dejaban ver el cielo por obra y gracia del adjetivo divino ya utilizado, me encontré con este ser -si así se le puede llamar-, le quise preguntar acerca del libro oculto -las palabras no encontraban camino- hasta que lo único que pude verbalizar fue una invitación. Le dije que conocía, en uno de los rincones del lugar, una telaraña en donde la creadora anda cazando su libro. Él lo sabe perfectamente, algunos libros cobran vida y vuelan como mariposas. Todos los libros perdidos, le dije, ella los está leyendo con sus ocho ojos y no dudo que dentro de poco encuentre el tuyo: el oculto. Eso no va a suceder, aclaró, he tomado las precauciones necesarias. El libro metafísico oculto es invisible, no por ser metafísico -algunas metafísicas son más reales que el golpe de un gigante- y esa araña es incapaz de verla. Ahora mismo, el libro es precisamente una oruga y se alimenta de las hojas de sus hermanos muertos. Le falta quién sabe cuánta madurez para encapullarse, y quién sabe cuántas generaciones de viejos muertos para renacer. Lo último que dijo me dobló las rodillas, perdí la fuerza y desperté de sobresalto en otro sueño, era algo así como: "Allí está."
O.
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